El hombre-bestia.

La tentación de la inocencia es un libro de Pascal Bruckner, escrito en 1996. Etiquetado como un libro de filosofía, Bruckner reflexiona sobre la libertad del hombre occidental contemporáneo, sobre la responsabilidad que implica esa libertad y sobre la facilidad con la que esquivamos nuestros deberes.

A raíz de la lectura este libro, me decidí a escribir una reflexión propia que me gustaría compartir con los lectores de este blog:

"La tentación de la inocencia"

El mundo se ha trastocado. La teoría de la Pirámide de Maslow explica que nuestras necesidades cambian según éstas se van satisfaciendo. De igual manera, nuestra implicación para con el mundo se altera en la medida en que mejoramos nuestra calidad de vida. Durante mi corta vida he percibido que, en general, las personas que disponen de menor poder adquisitivo y que tienen mayores dificultades son, a la vez, las más humanitarias y solidarias, comparten lo poco que tienen. Aquellas personas con mejor nivel de vida y con facilidades económicas no saben compartir o, como reflexiona Pascal Bruckner en su libro La tentación de la inocencia, usan el ocio para ayudar al prójimo; o más bien, para apaciguar su sentimiento de culpabilidad: “la lucha se metamorfosea en diversión” (1).

Bruckner considera causante de esta situación al consumismo característico del sistema actual. A mi parecer, sin quitarle razón ninguna, sumaría como una causa más de esta falta de solidaridad el egoísmo latente del individuo de clase media-alta.

Y sólo encuentro una posible explicación a este contraste entre desfavorecidos que actúan según el lema “compartir es vivir” y personas solventes e incluso me atrevería a definir como adineradas, que no sienten la necesidad, ni siquiera la obligación de ayudar a aquellos que lo único que pueden compartir son problemas y un pedazo de pan. La única conclusión a la que he llegado es que el dinero corrompe a la humanidad; el dinero ha destruido esa superioridad natural del hombre como dueño y señor del planeta, superioridad de la que tanto se enorgullece el humano.

No es que nos hayamos convertido en animales, sino que lo hemos superado. Nos hemos convertido en bestias. Si un lobo resulta herido, el resto de la manada lame su herida para que ésta cicatrice. Si un hombre se lesiona, el resto hurga en la herida.

El sistema económico-social en el que estamos inmersos -en el mundo desarrollado- nos lleva a la insensibilidad máxima, a la indiferencia, al desinterés total, a la comodidad y al egoísmo.

Me permito el lujo de considerarnos bestias porque, si no es así, ¿cómo podría explicar que no nos afectan las fatalidades del mundo? ¿Cómo entender que una persona coma hasta reventar y ni se inmute cuando ve en el telediario del mediodía a niños muriéndose de hambre? Mi persona no está inmunizada ante estas injusticias y se me saltan las lágrimas. ¿Cómo no sentirme culpable cuando veo estas imágenes mientras engullo cual pavo sin saborear ni valorar la comida? ¿Cómo no caer en depresión? ¿Cómo entender tal indiferencia y tal irresponsabilidad para con nuestros iguales?

Podemos, como Bruckner, hacer una crítica de la situación y encontrar posibles causas a esta situación. Pero nuestra culpabilidad, aunque queramos camuflarla detrás de una falsa caridad (mediante la campaña del kilo o conciertos benéficos) seguirá ahí.

No podemos responsabilizar al sistema de la evolución hombre-bestia. Somos conscientes en todo momento de nuestra apatía ante los conflictos sociales -tanto colectivos como individuales-, pero somos tan vagos que preferimos seguir con esa desidia antes que cambiar las cosas e intentar superar dificultades y solucionar problemas. La forma de actuar del hombre- bestia tiene similitudes con el joven adolescente, que no estudia no porque no sepa o no sea inteligente, que sí lo es, sino porque es más fácil así, cuando todo te lo dan masticado y digerido.

Existen millones de causas por las que luchar y, sin embargo, no luchamos por nada. Ni siquiera por aquello que nos afecta directamente. Siguiendo esta dinámica, el prototipo de universitario revolucionario ha desaparecido: los estudiantes pierden ese espíritu de superación y de lucha y se deja manipular sin rechistar (la primera promoción de estudiantes de Comunicación Audiovisual de la URJC de Vicálvaro ha sufrido las consecuencias de la incompetencia de la institución, que no ha sabido cubrir a tiempo las necesidades de los alumnos. Sin embargo, los estudiantes apenas se han movilizado) Ni siquiera el sentimiento de infantilismo (2) del que tanto habla Bruckner, que nos haría exigir el cumplimiento de nuestros derechos, nos hace actuar.

Nuestra vagancia llega a tal extremo que ya no diferenciamos entre realidad y ficción. Más bien, no queremos diferenciar. Y hemos dejado de distinguir un magacín de entretenimiento de un espacio informativo, porque el fin último de los medios de comunicación es el ocio, el entretenimiento. La audiencia es consciente del poder de los medios a través de grandes producciones como galas o programas especiales y, sin embargo, es incapaz de valorar el verdadero poderío de los medios, que reside en la información. El poder mediático dispone de un arma de doble filo: permite que ejerzamos nuestro derecho a la información a la vez que incentiva la holgazanería del hombre-bestia, se lo ofrece todo hecho.

El hombre-bestia considera que si un problema no aparece en la televisión, es que ese problema no existe. No indagamos, no buscamos fuentes fiables, no contrastamos información. ¿Y cómo diferenciar entre realidad y ficción cuando convivimos más con la televisión que con los individuos que nos rodean?

“La globalización de la información nos priva de una despreocupación total, pero nos liberamos de nuestra carga reduciéndola a un espectáculo” (3). La sociedad de la información ofrece tal cantidad de noticias que provoca la saturación, aborrecemos los problemas del mundo. “La atención que prestamos al mundo depende del ritmo trepidante de las noticias” (4). Las noticias son perecederas y su vida cada vez es más corta. Nos hemos convertido en espectadores pasivos del mundo y, en el momento en que un conflicto deja de formar parte de la agenda de medios, pensamos que se ha solucionado.

Nos acostumbramos a imágenes crueles que muestran las injusticias del mundo, se sociabiliza y normaliza la existencia de pobres y desfavorecidos, quedamos insensibilizados e inmunizados. Esa misma indiferencia es extrapolada a la vida real y es sufrida por aquellos que están a nuestro alrededor.

Los indigentes conviven con nosotros en nuestras ciudades. Sin embargo, es necesario que una joven periodista desarrolle un formato televisivo llamado 21 días entre cartones, en el que ella misma cuenta su experiencia como indigente, para que el tema se convierta en opinión pública y sea merecedor de nuestra atención. En La tentación de la inocencia se presenta al indigente como “no propietario, no ciudadano, sin intimidad. En el indigente sólo se percibe la indigencia, no al hombre” (5). Para nosotros, el indigente no tiene identidad. 21 días entre cartones presta la cara y el nombre de la periodista para que ese mendigo anónimo no sea invisible. Pascal Bruckner se presenta muy acertado al asegurar que el indigente “es un hombre todavía, pero también es algo menos que un hombre, puesto que está reducido a sus necesidades biológicas, mantenido en estado de supervivencia” (6). Consumidos por el consumismo y el desinterés, dejamos morir a los demás sin remordimiento ninguno. La bestia se ha comido nuestra moral y nuestra ética.

La agenda de medios genera una opinión pública pero, ¿qué ocurre con la opinión personal? Parece que la hemos perdido, y lo que es peor, no tenemos ganas de encontrarla.

Somos tan perezosos que no queremos buscar esa opinión propia, esa visión única y personal del mundo que nos hará más libres y consecuentes.

“Hay calamidades mediáticamente rentables y otras no. Olvidamos una cuando en televisión hablan de otra” (7). Como máximo exponente de esta afirmación, puedo recurrir al éxito que supuso la película Slumdog Millionaire, ganadora de ocho Oscars en 2009 y cuyo título significa Perro callejero millonario.El papel protagonista de la película fue interpretado por un niño desfavorecido que, después de realizar el trabajo pensando que le sacaría de la pobreza, volvió a su poblado chabolista tras vivir un sueño: ser actor, famoso y vivir rodeado de lujos. ¿Cómo permitimos que una gran productora se beneficiase de la pobreza de este niño y después le despreciase como si de un pañuelo de papel usado se tratase? ¿Cómo hemos permitido que esa noticia quedase en el olvido? Porque a los dos días apareció la noticia no confirmada de que una epidemia griposa amenazaba a la humanidad. Las noticias pasan por nuestras vidas como los autobuses por sus correspondientes marquesinas: paran diez segundos y desaparecen en el horizonte.

Al igual que los medios se deshacen de las noticias a su antojo, los estados dejan en el olvido conflictos internacionales y permiten que millones de personas vivan en un abandono puro y absoluto. Así, “existe una línea divisoria entre las naciones dignas de interés y las otras, relegadas a las tinieblas o a la anarquía”(8). A aquellas les ofrecemos nuestros intercambios culturales. A éstas les damos la espalda.

El estado español me ha decepcionado puesto que, no hace mucho, me informé sobre el problema que viven los saharauis en la actualidad. Todos los españoles deberíamos sentirnos culpables por el abandono que les hemos hecho soportar, nosotros, sus antiguos colonizadores. Y, sin embargo, las nuevas generaciones no tenemos ni idea del conflicto. Les hemos tratado como si fuesen basura y, como tal, nos hemos deshecho de ellos de la forma más fácil, tirándolos al vertedero sin contemplaciones. ¿Cómo es posible que, siendo un conflicto tan reciente -apenas han pasado 30 años- nadie hable, escriba o reflexione sobre él? ¿Cómo es posible que un estado democrático como se autodefine España permita que sus antiguos imperios queden en manos poco fiables y no haga nada para impedirlo? ¿Cómo es posible que los españoles no alcen su voz a favor de los derechos humanos? ¿No nos sentimos culpables? ¿Somos bestias o personas razonables? ¿Estamos desinformados? Es obvio que sí, vivimos en la desinformación absoluta,  pero rodeados de información. Información banal que sólo sirve para desviar nuestra atención de lo realmente importante y lo verdaderamente real: el pueblo saharaui no tiene nada que ofrecernos y sin embargo, Marruecos, estado al que cedimos parte del territorio saharaui, sí nos aporta beneficios ya que mantiene relaciones internacionales de carácter económico con España. ¿Entonces, por qué obligarles a convocar un referéndum para la autodeterminación del pueblo saharaui? Estamos mucho mejor así, chupando del bote, ¿verdad?

Sólo hay una forma de cambiar el mundo: la solución es responsabilizarnos de nuestras obligaciones. Obligaciones que hemos olvidado que tenemos.

Las noticias son muy importantes porque son una forma de recrear la historia de un país, aunque la televisión se ha desentendido de esta responsabilidad.

“Las minorías y pueblos oprimidos tiene un derecho: dejar de serlo. Nosotros tenemos una obligación: prestarles asistencia” (9), aunque nos hemos desprendido de esta incumbencia.

La única forma de que volvamos a ser personas implicadas, interesadas, reaccionarias y comprometidas con el mundo (y no bestias insensibles), es despojarnos de todas las cadenas que nos atan al consumo y al egoísmo y centrarnos en problemas reales. Tenemos la oportunidad de hacer esto puesto que ahora tenemos la libertad de elegir en qué emplear nuestro esfuerzo. Disfrutamos de libertad y capacidad para escoger, y eso mismo nos hace culpables. Culpables por no decidir cambiar el mundo y por caer en la apatía desenfrenada del cómodo aburguesado.

Aun así, mi mensaje no es catastrofista del todo. Pretendo transmitir un sentimiento de esperanza a todos aquellos que, como yo, confían en la superioridad del hombre sobre la bestia y defienden la bondad humanitaria de las personas. Para ello, cito una frase de Pascal Bruckner que asegura que lo importante y destacable de la sociedad en la actualidad es que, a diferencia de sociedades de la antigua historia, “el camino no está trazado de antemano; eso es lo que ha cambiado, y eso es mucho”(10).

Ciertamente, hay cosas despreciables en nuestro mundo que debemos erradicar. Pero es importante que valoremos la posibilidad que tenemos de cambiarlas.

Nuestra libertad permite nuestra lucha, así que luchemos. Hay muchas cosas que cambiar y tenemos muy poco tiempo, así que actuemos. Nosotros disfrutamos de la vida, así que permite que ellos también lo hagan. Sólo hay algo peor que fracasar, no haber intentado nada.

¡Inténtalo!

(1) Pascal Bruckner, La tentación de la inocencia, Barcelona, Anagrama, 1996, pág. 261.

(2) Obra citada, pág. 15

(3) Obra citada, pág. 249.

(4) Obra citada, pág. 244.

(5) Obra citada, pág. 255.

(6) Obra citada, pág. 260.

(7) Obra citada, pág. 271.

(8) Obra citada, pág. 271.

(9) Obra citada, pág. 286.

(10) Obra citada, pág. 169.

Anuncios

2 comentarios

Archivado bajo Libros

2 Respuestas a “El hombre-bestia.

  1. El mago merlin

    Un artículo interesante, cañero, crítico… me gusta, aunque hay que tener cuidado con identificar actitudes con clases sociales concretas. En ocasiones, el pobre no se diferencia del rico más que en la cantidad de dinero y bienes que posee, pudiendo ser ambos igual de miserables y tacaños (o no).

    Generosidad, solidaridad son valores personales que contrastan con la cultura de individualismo y consumismo mayoritariamente vigente, lo cual no quiere decir que no haya personas que los vivan independientemente de la clase social a la que perteneces.

    Bien es verdad, que hay personas “pudientes” que viven en un mundo “élite” desde el cual es difícil que tengan cerca realidades más desfavorecidas; mucho más difícil es que sean capaces de empatizar con ellas y de ayudarles de forma altruista (que no se limita a ayudar económicamente, directa o indirectamente).

  2. realidad afílmica

    Por supuesto, la intención no es generalizar. Es evidente que en todas las clases sociales existen personas altruistas y personas egoístas. La reflexión no se centra en una crítica destructiva hacia ciertos sectores. Simplemente es eso, una reflexión personal, que lo único que pretende es que nos paremos a analizar nuestras actuaciones y actitudes, el camino que está tomando nuestra sociedad y las acciones que nosotros podemos ejecutar al respecto.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s