Las vacaciones de Semana Santa en educación

Me voy a permitir el lujo de tranascribir direcatmente el artículo de José Luis Castillo, publicado esta misma mañana en su blog Blog de Jose Luis Castillo.

Estoy completamente en desacuerdo con estas vacaciones. No con que exista una época vacacional entre Navidad y verano, no. ¿Cómo voy a estar en desacuerdo? No que haya más días de trabajo, no. ¡Tendría menos tiempo para mí, para mi gente, para ir de cañas y tomar tapas! No. Estoy completamente en desacuerdo con la ubicación de las vacaciones.

No quiero unas vacaciones variables.

Este año los alumnos han salido muy perjudicados en forma de agobios. Presentes y futuros. Apenas han pasado diez semanas de curso. Y nos quedan aún otras trece. Hemos partido el semestre de manera asimétrica. Y eso, los alumnos lo notan. Y mucho. Este trimestre ha agobiado por corto. Tiene que haber resultados en la novena semana para efectuar las juntas de evaluación en la décima. Normal que se hayan agobiado. Y ahora tienen, en el siguiente trimestre, un lapso de tiempo largo, muy largo, en el que llegarán al final hartos de tantos días seguidos.

Las vacaciones entre enero y junio deberían tener una posición fija. Por el bien de los alumnos.

Yo traté de cambiar mi metodología hace tiempo para que no me afectara esto. Me adapté a una forma de trabajar en la que, en cualquier momento, cualquiera, me pueda pedir una nota. Es un poco rara.

Verás. Parte de una idea. Nunca entendí porqué un alumno puede aprobar con la mitad de los objetivos conseguidos. Quiero decir, con 10 en algunas preguntas y 0 en otras. Yo quiero que lo apruebe casi todo (me vale el 80% de los objetivos). Lo que hago es que le doy al alumno, a principio de curso, una lista con todos los objetivos que tiene que saber, desglosados tema a tema. Y, desde principio de curso, todos los exámenes de mi materia están programados. Se hace un ejercicio de evaluación cada cierto tiempo (normalmente quince días, hacia final de curso cada semana, si alguien va mal y necesita más también cada semana). Cada alumno se examina de lo que quiere. Lo que se aprueba queda aprobado para siempre. Lo que se suspende se repite. Las veces que sea necesario. Aunque sea una pregunta. Sólo doy el tema por aprobado cuando ha superado el 80% de las preguntas. Y las suspensas cuentan como 0. Aunque tengan un 4. Las preguntas suspensas no forman nota. A cambio de tanta exigencia, guardo cualquier nota aprobada todo el año y el número de veces que puede realizar un ejercicio es indefinido. Tantas como quiera. Pero eso sí, formo la nota a partir de un ritmo de trabajo preestablecido (para cada tres semanas se ha de aprobar un tema del libro de texto). Que se puede personalizar, claro está.

Yo le llamo aprobado por aburrimiento.

Eso ha cambiado mi forma de explicar. Ahora voy por detrás de los alumnos. Ayudándoles a preparar el examen (eso es lo que ellos perciben). Ajustando sus ritmos, aclarándoles dudas, facilitándoles herramientas para adquirir la información, estableciendo conexiones entre unas cuestiones y otras (eso es lo que ellos no perciben). Porque cada alumno termina por llevar un tema distinto al de la mayoría de sus compañeros. Y eso me facilita crear conexiones. Entre los varios temas y con otras materias. Este sistema de evaluación ha enriquecido mis clases con las conexiones. Y los que escuchan una explicación de un tema en el que no están, todavía, adquieren información para cuando lleguen a él. Y los que la escuchan y ya estuvieron, ya lo aprendieron, repasan y ven las ideas a la luz de nuevas conexiones. Luz nueva convierte idea vieja en nueva.

Y creo que tiene un valor. Mucha gente me dice que pierdo tiempo para explicar. Yo creo que un examen, donde el alumno no tiene la presión del todo o nada, que sabe que si no lo aprueba puede acudir otro día en busca de su nueva oportunidad, un examen de ese tipo se convierte en una explicación. Esos días explico a través de preguntas.

La verdad, me está dando un resultado fabuloso. Mucho mejor de lo que yo esperaba.

Porque respeta ritmos. Hay alumnos que van más rápido y tienen el curso solucionado pronto. Eso significa que puedo dedicarles menos tiempo (no que me preocupen menos) y puedo concentrarme en los que tienen dificultades (para darles una atención personalizada). Tengo tiempo en el aula para ellos.

Por supuesto no abandono ni aburro a los que logran la meta con anticipación. Les ofrezco nuevos territorios. Les ofrezco aprender nuevas habilidades. Les propongo que desarrollen capacidades comunicativas. Que aprendan a hacer un vídeo corto (esta idea, para mí, es reciente; la he visto en La Luna es mi lugar, de Karina Crespo, y me ha encantado), que aprendan a hacer una pequeña presentación de diapositivas virtuales, que aprendan a comunicar sus ideas mediante un blog. Tampoco quiero agobiarlos. Sólo llevarlos a nuevos territorios, que habitualmente no pisan los alumnos, concentrados como están en aprobar.

Pero quienes no se han terminado de adaptar son los alumnos. Ellos todavía piensan en los tres momentos en que rinden cuentas a sus padres. Y piden exámenes. Para poder aprobar. Está bien, acelera el proceso. Pero ojalá esto cambiara. Ojalá no hubiera juntas de evaluación. Ojalá pudiéramos mandar información sobre el alumnado a sus familias en cualquier momento con la misma precisión de una junta de evaluación. Los ritmos serían más fluidos, habría menos agobios.

Pero no ocurrirá así mientras no cambien las ideas que sobre evaluación tiene la administración educativa.

Mientras la mitad de un semestre sean 10 semanas.

¡Qué barbaridad!

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