Malnutrición materno-infantil, una lacra social y económica

El 80% de los niños desnutridos vive en 20 países de Asia, África y Latinoamérica. Cada año fallecen 3,5 millones de menores de cinco años por una mala alimentación

Una alimentación pobre durante el embarazo y la infancia tiene consecuencias a largo plazo que muchas veces son irreversibles. Un tercio de las muertes de niños menores de cinco años de debe a la malnutrición que sufren ellos mismos y sus madres. Pero hay más, los que sobreviven a esta situación, se convierten en adultos peor educados, con menos ingresos, menos capacidad de trabajo y más propensos a padecer enfermedades.

Tres millones y medio de niños menores de cinco años fallecen cada año por causas relacionadas con la desnutrición así como el 11% de las enfermedades infantiles, según explica una serie de artículos en la revista ‘The Lancet‘. Tener un bajo peso para una altura determinada o una talla pequeña para la edad son dos indicadores de que la alimentación es muy deficiente. Ambos, junto a nacer con poco peso, son los factores de riesgo que más mortalidad provocan en este colectivo, 2,1 millones anuales.

Los bebés nacidos a término (más allá de la semana 37 de gestación) con un peso inferior a dos kilos tienen un riesgo de mortalidad ocho veces mayor que los que superan los 2.500 gramos. Esta restricción del desarrollo fetal se da cuando la situación nutricional de la madre es mala.

Si una mujer tiene un índice de masa corporal (IMC) bajo (menos de 18,5), las posibilidades de que el bebé tenga problemas para crecer con normalidad en el interior del útero aumentan. Además, la baja estatura materna, señal de una mala alimentación, incrementa en un 60% los partos por cesárea con el riesgo que conlleva, más aún en países en los que la asistencia obstrética es precaria o inexistente.

Otro factor materno que influye en la nutrición del niño está relacionado con el periodo de lactancia. Las autoridades sanitarias internacionales recomiendan amamantar de forma exclusiva a los hijos durante los seis primeros meses de vida y en combinación con otros alimentos hasta los dos para aumentar la supervivencia de los pequeños. De cumplirse el primer requisito, el millón y medio de muertes que se le atribuyen (12% del total) se reduciría.

Consecuencias en la edad adulta

Los gobiernos “están fracasando a la hora de alcanzar a los sectores poblacionales que necesitan estas intervenciones”

La hambruna durante la infancia altera la fisiología y el desarrollo cognitivo y físico de forma irreversible. Hasta tal punto, que los que la han sufrido alcanzan una altura menor, un nivel educativo más bajo, tienen menos poder adquisitivo y una descendencia de bajo peso.

Estos riesgos aumentan cuando los niños malnutridos hasta los 24 meses empiezan a ganar peso rápidamente en años posteriores. En estos casos, se producen cambios en el metabolismo lipídico y de la glucosa y en la tensión arterial, que suponen un incremento del riesgo cardiovascular y de patologías crónicas.

“Concluimos que el daño sufrido a una edad temprana provoca una incapacidad permanente que puede afectar a generaciones futuras –señalan los autores de uno de los estudios-. Es probable que su prevención conlleve importantes beneficios en la salud, la educación y la economía”.

Revisión de las estrategias

El 80% de los menores de cinco años malnutridos vive en veinte estados, la mayor parte en África, Asia y Latinoamérica. La solución no es una entelequia pero pasa por el compromiso de los gobiernos que, explica otro de los trabajos, “están fracasando a la hora de alcanzar a los sectores poblacionales que necesitan estas intervenciones”. Solo dos de los países más afectados por la desnutrición colocaron la cuestión como su máxima prioridad.

“Los programas que han demostrado ser eficaces deben aplicarse a escala rápidamente. El periodo que va desde el embarazo hasta los 24 meses de vida es crucial para reducir la malnutrición y sus efectos adversos”, concluye.

Los planes de Naciones Unidas son reducir a la mitad las personas que padecen hambre, en dos tercios las muertes de menores de cinco años y en tres cuartos las maternas, entre otros Objetivos del Milenio. Intensificar la actividad en los países más afectados es la única forma de alcanzar estas metas.

“¿Qué podemos hacer? –se preguntan los autores del cuarto documento-. No existen recetas simples para reducir la desnutrición, aunque implantar cuatro o cinco de los programas cuya eficacia está demostrada [como añadir yodo a la sal o los suplementos de vitamina A] tendría efectos cuantificables”.

(elmundo.es 13 febrero 208)

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